(...)
El desencanto se cierne sobre los
débiles.
El día muere en la noche, la felicidad en la tristeza.
Una tormenta de rosas negras empapa
las mentes ligeras.
El huracán tiene tanta fuerza que las ventanas de la insconciencia
han estallado en
pedazos.
Los cristales se confunden entre los ténebres
pétalos,
las pisadas de los ilusos dejan un rastro de sangre caliente que cala
en la tierra.
Se han acabado las risas, los halagos y las amabilidades, todos huyen
despavoridos
aplastando las cabezas que antes habían abrazado. Nadie se
acuerda ya del amigo,
del conocido;
han olvidado todas sus promesas y sólo se preocupan de sí
mismos. El objetivo es correr y seguir con
vida,
no importa dejar en el camino el corazón del hermano o el pecho
de la
madre.
No escaparán.