Maldita Quietud.

Nos piden paciencia. Tú ahogado en esa quietud en la que no existen ni horas, ni días y nosotros empeñados en descifrar el tiempo que nos falta, que nos queda. Y callamos. Y nos vamos con la intención de volver en busca de esa respuesta. Pero no la hay, como tantas otras veces, al final de la escalera sólo se respira el sordo silencio de la decepción. Una tristeza que se alimenta de la impotencia. Un impulso irreflexivo que no sabes contra quien dirigir. Segundos en los que deseas arrojarte al mar. A ese mar azul donde el sol dibuja las estrellas que ayer fueron tus sueños.Llego, no paso de la puerta. Me quedo ahí como hice ayer, como, al menos, espero hacer mañana. Te miro y pienso. Recuerdo. Añoro los ratos de niño a tu lado. Esos que el olvido me niega. Puedo ver los juguetes, pero no el momento en el que me los entregabas. Maldigo mi frágil memoria y avanzo en el tiempo. No te has movido, ni siquiera has pestañeado. Oigo tus cánticos, los mismos que oímos de tu padre, mi abuelo. Si te vas desaparecerán. Ninguna de las voces cercanas suena como la tuya. Es imposible transmitir los días de lucha que tú asocias a esas canciones. Me doy cuenta que he cerrado los ojos. Los abro. Sigues sin moverte. Respiro profundo. Me marcho. De aquí a un rato volveré. No pasaré de la puerta. Sólo te miraré y trataré de recordar. Ojalá algún día te lo pueda contar.

Irracional es el bostezo del que ni sueño ni hambre tiene.

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