bosque
Un lugar que nunca existió.

Un golpe rápido y frío como un latigazo recorre mi espalda. Es una necesidad imperiosa de gritar hasta que mi voz quede grabada en el viento. Correr sin saber dónde ir, nadar por donde nunca cubre el agua.

Es la búsqueda constante de un deseo jamás anhelado.

Y es así como fue su partida. Aceptó sus promesas y cerró con llave. Procuró borrar sus huellas, se aseguró que olvidaría el camino de regreso. Ni dijo adiós a sus conocidos, ni saludó las gentes que encontró a su paso. Huraño como nunca lo había sido cruzó el desierto de su memoria. No pronunció palabra alguna hasta que no estuvo convencido de estar en la otra orilla. ¿Qué orilla? Nunca lo supo porque ya nunca supo dónde estaba. Ese había sido su objetivo. Lo había conseguido. Un lugar donde no recibir fatuos halagos, donde no estrechar la indolente mano del hipócrita, donde no tener que sonreir gracias inoportunas. Entonces se dio cuenta. Miró a su alrededor. Todas las paredes estaban pintadas de negro.

Inicio Laoconte